Cuando hablamos de obras cinematográficas que desafían la lógica y tocan las fibras más profundas del alma, la pelicula El Curioso Caso de Benjamin Button ocupa un lugar privilegiado. Dirigida por el aclamado David Fincher (Seven, Fight Club, La Red Social) y estrenada en 2008, esta película es mucho más que un drama romántico; es una meditación visualmente deslumbrante sobre la mortalidad, el destino y la naturaleza efímera de la vida.
Inspirada libremente en el cuento homónimo de 1922 escrito por F. Scott Fitzgerald (autor de El Gran Gatsby), la cinta toma la premisa original—un hombre que nace con la apariencia de un anciano y rejuvenece con el paso del tiempo—y la transforma en una épica de casi tres horas que le valió tres Premios Óscar, incluyendo Mejores Efectos Visuales.
Advertencia: Spoilers a continuación.
El final de El curioso caso de Benjamin Button es devastador y hermoso. Cuando Daisy es ya una anciana, recibe la visita de Benjamin... pero él es ahora un niño de 5 años con demencia senil (la ironía final: su mente envejece mientras su cuerpo rejuvenece). Ella lo cuida como él la cuidó a ella al principio. En los últimos minutos, Benjamin es un bebé que muere en los brazos de Daisy, quien susurra: "En ese momento, supo quién era. Cerró sus ojos como si estuviera durmiendo". pelicula el curioso caso de benjamin button
La historia vuelve al hospital de 2005. Daisy, ya muy vieja, le pide a su hija que la lleve al almacén donde está el reloj que gira hacia atrás. Mientras el agua del huracán comienza a inundar las calles, ella muere con una sonrisa. El reloj continúa su giro eterno en reversa, simbolizando que quizás, en algún universo paralelo, el tiempo es solo una ilusión.
El capitán del remolcador, un artista tatuado y alcohólico, le da a Benjamin la lección más práctica: "Siempre puedes hacer lo que quieras, no importa lo que te digan". Su muerte durante un combate naval en la Segunda Guerra Mundial es uno de los giros más conmovedores.
Cuando se habla de la pelicula El Curioso Caso de Benjamin Button, es imposible ignorar cómo revolucionó los efectos especiales. La primera media hora muestra a Benjamin como un "anciano" de 1.20 metros de altura, con la cabeza de Brad Pitt digitalmente superpuesta sobre el cuerpo de un actor anciano (Tom Everett) y actores enanos. Pero la magia real ocurre cuando Benjamin "joven" (con el rostro rejuvenecido de Pitt por computadora) monta una motocicleta o baila ballet. Cuando hablamos de obras cinematográficas que desafían la
David Fincher logró que el CGI fuera invisible. El filme ganó el Óscar a Mejores Efectos Visuales, pero muchos críticos argumentan que merecía también el de Mejor Película (ese año ganó Slumdog Millionaire). La fotografía de Claudio Miranda (que luego haría Life of Pi) baña cada escena en tonos dorados y verdes, evocando el calor sofocante de Luisiana y la melancolía del paso del tiempo.
And yet, Benjamin Button is not nihilistic. Its radical insight is that the value of a life is not determined by its direction. Benjamin experiences the same milestones as everyone else—first love, heartbreak, fatherhood, loss—only in a different order. He learns to walk as an old man and forgets how to walk as a toddler. He becomes a child incontinent in a diaper just as Daisy becomes a woman holding his hand. The film’s climactic image—Daisy cradling the infant Benjamin as he takes his last (or first?) breath—is devastating because it is also profoundly tender. She becomes his mother, just as she was once his lover. Love, the film argues, is a shape-shifter. It does not require symmetry. It only requires presence.
The film’s great irony is that Benjamin, who ages backward, is the one who teaches us how to age forward. His whispered advice to his daughter, Caroline, is the film’s ethical core: “For what it’s worth, it’s never too late—or, in my case, too early—to be whoever you want to be. There’s no time limit. Start whenever you want.” The line is beautiful because it acknowledges absurdity. Benjamin’s life has no time limit in the opposite direction, and yet he still insists on agency, on love, on showing up. Scott Fitzgerald (autor de El Gran Gatsby ),
A diferencia de las películas de viajes en el tiempo, aquí el tiempo es un río que fluye en una sola dirección para todos menos para Benjamin. Vemos a sus amigos del asilo morir mientras él se vuelve más fuerte. Este contraste genera una reflexión brutal: todos perdemos a quienes amamos, pero Benjamin pierde a todos dos veces: una cuando ellos envejecen y otra cuando él se convierte en un niño que ya no recuerda.
Some critics find the film emotionally manipulative or too long (166 minutes). The voiceover and sentimental score (by Alexandre Desplat) aim for tears directly. If you prefer Fincher’s colder films (Se7en, Zodiac, Gone Girl), Benjamin Button feels like his most sentimental outlier.
Yet that sentimentality is the point: it’s a fable, not a documentary of aging.